736 Zenbakia 2019-02-26 / 2019-03-18

Gaiak

Los dos marinos vascos que se perdieron en Trafalgar (de Benito Pérez Galdós)

ÁLVARO OCÁRIZ, José Andrés

En este artículo no vamos a hablar de los marinos que tuvieron la desgracia de perder la vida a causa del combate de Trafalgar, sino de algo en cierto modo distinto, aunque no totalmente, ya que nos referiremos al Trafalgar novelesco, que está profundamente ligado al Trafalgar histórico.

En 1873 Benito Pérez Galdós escribió Trafalgar, obra con la que da inicio a la primera serie de sus Episodios nacionales. Desde esa fecha, hace unos 150 años, han sido muchas las ediciones que se han realizado de este libro, pero nadie había reparado, hasta que llevamos a cabo una edición crítica del libro de Galdós[1],  en que estaban mal escritos los nombres de dos marinos vascos.

 

El primero es el de un marino de Tudela. En el capítulo IV de la obra, Galdós pone en boca del personaje llamado Marcial lo siguiente:

Yo iba en el Real Carlos, de 112 cañones, que mandaba Ezguerra, y además llevábamos el San Hermenegildo, de 112 también; el San Fernando, el Argonauta, el San Agustín y la fragata Sabina.

Todos jurábamos como demonios y pedíamos a Dios que nos pusiera un cañón en cada dedo para contestar al ataque. Ezguerra subió al alcázar y mandó disparar la andanada de estribor...

Dos mil hombres apagaron fuegos aquel día, entre ellos nuestro comandante Ezguerra, y Emparán el del otro barco.

No es Ezguerra, como aparece en las ediciones que se han realizado de Trafalgar, sino Ezquerra. Se trata de José de Ezquerra y Guirior, marino nacido en Tudela el 25 de enero de 1756. Tomó posesión de las islas de Fernando Poo y Anobón y realizó las cartas hidrográficas de aquellos parajes. En enero de 1800 se le confirió el mando del navío Real Carlos.  

Tras participar en la defensa de Ferrol, se dirigió a Algeciras para socorrer a la escuadra francesa del contralmirante Linois, que estaba bloqueada por una flota británica. Al regreso, el almirante francés quería llevar a Cádiz el navío británico apresado Hannibal, de 74 cañones. Los franceses iban en vanguardia y los españoles, a retaguardia y los últimos, el Real Carlos y el San Hermenegildo, mandado por el azpeitiarra Manuel de Emparan.

La noche del 12 al 13 de julio de 1801 fue aprovechada por el navío británico Superb, que se acercó todo lo posible al Real Carlos, sobre el que descargó casi toda su artillería. Algunos de los proyectiles fueron a impactar en el San Hermenegildo, que pensó que algún enemigo estaba a su altura aprovechando la oscuridad. Dio orden de abrir fuego, pero dio de lleno en el Real Carlos. Este, a su vez, pensó lo mismo y disparó contra el San Hermenegildo. Se perdieron los dos navíos y más de dos mil hombres, entre ellos los dos comandantes de ambas embarcaciones: Manuel de Emparan y José de Ezquerra.

Esa alteración de la q que se convierte en g se ha producido también en la placa que le recuerda en el Panteón de Marinos Ilustres de la gaditana San Fernando.

 

El segundo caso es el de un marino nacido en la localidad guipuzcoana de Bergara.

En el capítulo XIV Galdós  relata la lucha en la que se vio envuelto el San Juan Nepomuceno. Cuando se está refiriendo a los últimos momentos de la vida de Churruca, indica lo siguiente:

Llamó a Moyna, su segundo, y le dijeron que había muerto; llamó al comandante de la primera batería y éste, aunque gravemente herido, subió al alcázar y tomó posesión del mando.

Todos los que desde hace 150 años han editado esta obra de Galdós confunden el nombre de este marino. Se trata de Francisco de Moyúa y Mazarredo[2], sobrino de José de Mazarredo.  

Francisco de Moyúa y Mazarredo nació en Bergara en 1764. Su padre, Roque Javier de Moyúa y Ozaeta[3] ocupó el cargo de alcalde de Vergara, así como el de diputado general de Guipúzcoa  y fue uno de los socios fundadores de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País.

Francisco de Moyúa, desde sus primeros años, se mostró como una persona versada en matemáticas, astronomía e hidrografía, así como un buen conocedor de las estrategias náuticas.

En enero de 1786[4], Antonio Valdés, secretario del despacho de Marina, comunica a José de Mazarredo que Francisco de Moyúa queda destinado a sus órdenes. El 1 febrero de 1788[5] Mazarredo pide a Valdés que concedan a Francisco de Moyúa un destino en una fragata que irá a Constantinopla. Cuando termina la campaña de Constantinopla, en noviembre de 1788, se reintegra a su destino anterior[6].

Al año siguiente, Mazarredo pide que Moyúa embarque en el paquebote Santa Casilda   al mando del donostiarra Ventura Barcaiztegui[7].

El 25 de enero de 1794 es ascendido a capitán de fragata y en julio de ese año, Mazarredo pide que a su sobrino se le dé el mando de una fragata[8]. En enero de 1796 toma el mando de la Soledad para el viaje a Constantinopla del embajador del bajá de Trípoli[9].

El 16 de abril de 1796[10]  realiza unas pruebas de comparación entre la goleta bombardera la Furia y la corbeta Colón y elabora un informe al respecto. Ese mismo año realiza unas pruebas para colocar un cañón en las lanchas de los navíos[11]. Había ideado un procedimiento para instalar un cañón en dichas lanchas a través de un sistema de correderas. Ante el éxito que tiene en la fragata Pomona, Mazarredo pide que se instale en el San Juan Nepomuceno y en todos los barcos de la Armada.

En julio de ese año se le encomienda que traslade de Alicante a Nápoles al marqués de Oyra, embajador de Portugal en aquella corte. Entre los papeles pertenecientes a Moyúa que fueron recogidos por los oficiales ingleses que se hicieron cargo del San Juan Nepomuceno tras el combate de Trafalgar, se encuentra un documento de Moyúa en el que, en abril de 1802, reclama la cantidad que gastó en dicho viaje[12].  

La alianza con Francia lleva a la escuadra española a permanecer en Brest. Durante ese periodo, viajará a París durante dos meses, junto con Cosme de Churruca, a visitar diversas instalaciones científicas.[13]  

En 1802 solicita licencia para recuperar la salud al lado de su familia, que vivía en San Sebastián.

(Firma de Francisco de Moyúa)

Mientras está gozando de dicho permiso se entera de que no ha sido ascendido a Capitán de navío y dirige una carta a Godoy[14].   El 23 julio de 1803 le llega un regalo de Napoleón[15]  que consistía en un par de pistolas guarnecidas en plata, el cañón cincelado y enriquecido de humo de oro, colocado en una cajita con todos los útiles necesarios a su servicio, un sable de bronce dorado y un cinturón de terciopelo negro bordado en oro con trofeos de Marina.

Al problema de la deuda que el Estado tiene con él y al de no haber sido incluido en la promoción a Capitán de navío, se va a añadir uno nuevo, ya que quieren que deje la Armada voluntariamente, como expresa una carta que se encontró entre sus papeles y que iba dirigida al rey [16]. De 1805 es este documento que Moyúa envía a Godoy con copia para el Director general de la Armada[17].  

 (Instancia de Moyúa:)

c.c. Excmo, Sr. Director General de la Armada.

Excmo. Sr. Generalísimo:

Don Francisco de Moyúa, Capitán de Fragata de la Real Armada y segundo comandante del navío San Juan Nepomuceno, con 26 años de buenos servicios, recurre a la infalible justicia de V. E. y la reclama respetuosamente, rogando a V. E. que se digne prestar su atención a los clamores de un militar perseguido y no menos maltratado en su honor que en su carrera.

Desde la edad de 13 años que empecé a servir al rey en su armada naval, he cultivado siempre mi profesión con una afición singular, por lo cual fui empleado distinguidamente mientras estuve en las clases subalternas. En el año de 1794, luego que llegué a graduación de mandos, se me confirió el de la fragata Pomona, en 96 el de la Perla que conservé hasta la paz de Amiens, y seguidamente el del navío San Telmo para traerla de Brest a desarmar al Ferrol. V. E. dispuso que, conservando este mando superior a mi grado, me preparase para una nueva comisión, e informado después del mal estado del navío, se sirvió ordenar que la desempeñase con el señor Fulgencio, pero cuando me disponía a salir a la mar, fue electo Ministro de Marina el teniente general don Domingo Grandallana, y por su conducto se mandó desarmar. A poco tiempo llegó aquí, la fragata Clara, cuyo capitán se desembarcó enfermo, y el capitán general del Departamento me dio su mando, para cruzar con ella sobre el cabo de San Vicente pero, por la vía reservada, se mandó también desarmar esta fragata en el momento que iba a dar la vela. Fui a mi país con licencia cuatrimestre concedida por V. E. para ver a mis ancianos padres; y me hallaba en el seno de mi familia cuando se publicó la promoción de octubre de 1802. V. E. concebirá fácilmente cuál debió ser la sorpresa de un oficial que había mandado con distinción y con créditos durante ocho años, al verse excluido de ella, siendo promovidos doce más modernos a la clase de capitanes de navío, y cuál mi pena al contemplar la de una familia numerosa, que me veía entonces por primera vez al cabo de 25 años; pero la paz de mi conciencia, la seguridad consiguiente de que no podía existir ninguna nota justa contra mí, el concepto con que me honra la generalidad de  la Armada, el empeño que había hecho el ministro de quitarme los mandos que se me habían conferido, desarmando los buques y otros antecedentes de enemistad personal hubieran salvado enteramente mi honor en la opinión pública si algunos meses  después no se me hubiese mandado por la misma vía reservada  que pidiese mi retiro, sin decirme por qué y sin que jamás se me hubiese hecho la menor reconvención ni cargo de ninguna especie; me rehusé a ello como debía, solicitando que se me oyese en justicia, y no se me oyó, ni se me dio el retiro injusto que se me mandaba pedir, porque yo no podía convenir en que hubiese merecido semejante intimación, cohonestando yo mismo tal violencia con una conformidad forzada y pusilánime, no habiendo obtenido en el tiempo que sirvo, más que elogios y recomendaciones de mis jefes.

Consta de oficio, Excmo. Sr, que yo mandaba la Perla en el combate desgraciado de 14 de febrero  de 1797, como que a todos los comandantes de fragatas se hicieron cargos en el curso del proceso, menos a mí, y nadie puede informar sobre mi conducta en aquella ocasión y en las campañas antecedentes con más conocimiento que el brigadier don Cosme de Churruca, mi actual comandante, no sólo por haber sido fiscal de aquella causa, sino porque examinó entonces todos los diarios  de mi fragata y de los demás buques de la escuadra.

Consta igualmente en la secretaría del despacho de Marina que yo fui el primero a quien ocurrió la idea feliz de poner cañón y hacer servir como cañoneras a las lanchas de todos los navíos y fragatas, idea que ha producido tantos bienes, que puede producir muchos más, que economiza tanto dinero y que fue tan útil cuando la Inglaterra intentó el bombardeo de Cádiz. Y si no consta así mismo, es por lo menos notorio y se podrá inferir de los informes que debe haber sobre mi desempeño en la Dirección General, a los cuales me remito, que los buques mandados por mí se han distinguido siempre, tanto por su organización y disciplina como por mi buen manejo en las escuadras.

Por tanto, a V. E. suplico reverentemente que tomando los informes que estime convenientes, con exclusión del teniente general don Domingo Grandallana y del jefe de escuadra don Juan José García, notoriamente enemigos míos, se digne recomendarme a la piedad del Rey para que me ascienda con la antigüedad que me correspondía en la citada promoción de octubre de 1802 y quede reparado el agravio que se me hizo en ella; gracia que espero obtener de la notoria justificación de V. E.

A bordo del navío San Juan Nepomuceno, en la bahía del Ferrol, 22 de marzo de 1805.         

A bordo, precisamente, del San Juan de Nepomuceno, junto a su amigo Churruca, le encontrará la muerte el 21 de octubre de 1805, en el combate de Trafalgar.

José de Mazarredo, desde su destierro en Pamplona, dirige varios escritos a Godoy para reclamar una pensión para la familia de Moyúa.[18]

Sólo me resta añadir que Francisco de Moyúa fue ascendido a capitán de navío el 9 de noviembre de 1805, a consecuencia de su fallecimiento en el combate de Trafalgar.

Sirvan estas líneas de homenaje a estos dos marinos vascos que perdieron su vida en la citada batalla y que debido a un error en la transcripción de sus nombres estuvieron desaparecidos en una de las obras que escribió Benito Pérez Galdós. El que tras 150 años hayamos detectado estos errores nos permite recordarlos.

 

[1] PÉREZ GALDÓS, Benito: Trafalgar (ed. de José Andrés ÁLVARO OCÁRIZ). Desiréediciones, 2018. ISBN 9781973569749

[2] Vid. Alvaro Ocáriz, José Andrés. “Presencia vasca en la Armada española. Sexta parte”, en Revista de Historia Naval. Madrid: Instituto de Historia y Cultura Naval, 2017.  

[3] Datos tomados del Archivo municipal de Bergara.

[4] AMN Colección Antonio de Mazarredo, Tomo XXIV Fol. 17-18.

[7] AMN Colección Antonio de Mazarredo, Tomo XIV Fol. 63-65

[10] AMN Colección Antonio de Mazarredo. Tomo XXXIV, fol. 246-253.

[11] AMN Colección Antonio de Mazarredo. Tomo XXXIV, fol. 259 (a) y (b); tomo XXXV, fol. 146-149.

[14] AMN 701 Ms. 2354/022 Fol. 113-114

[17] AMN 701 Ms. 2354/022 Fol. 125-127